rEcuerdos áLVARO MANJÓN

El muchacho siempre buscaba la compañía de ese anciano. Le gustaban sus historias. Sentado a su lado bajo la luz tibia que reinaba en esos parajes, sabía que solo era cuestión de tiempo que comenzase a hablar.

–¿Sabes? –dijo al muchacho, que le devolvió la mirada expectante–, recuerdo que una vez, en una selva, me atacaron soldados enemigos por la noche… eran cientos, pero soportamos la embestida. ¡Maté a varios!

Al muchacho le gustaba cuando hablaba de la guerra. Se sentía cómodo.

–No me acuerdo muy bien de cuál era esa batalla, porque he estado en muchas, pero sí recuerdo que las montañas eran de una belleza increíble. Y las chicas. ¡Ja! Ahí fue donde me enamoré por primera vez, siendo yo un muchacho de tu edad.

–¿En serio, abuelo? Qué casualidad, yo también me enamoré en la guerra. Era un hospital de campaña, y bueno… las enfermeras… bueno… ya sabe…

–Jajajajaja, ¿tú también eres soldado? Fíjate que lo había notado.

–Sí, pero claro, he luchado menos que usted.

–Bueno, pero has luchado. ¡Eso es lo importante! Te hace ver las cosas de otro modo, ¿verdad?

–Sí… ahora que lo pienso, creo recordar esa guerra de la que habla… y esas montañas…

Eran realmente bellas. Cómo olvidarlas.

–¿Sabes? Me mataron en esa guerra…

–A mí también… igual fuiste tú…

Silencio.

–¿Ganasteis o ganamos?

–La verdad, no lo sé. Murió mucha gente.

Y se quedaron pensando.

Qué absurdo era todo eso ahora y en aquel lugar, a donde van los soldados al morir.